En la mitología griega Laoconte o Laocoonte (en griego Laokóon) era el sacerdote de Apolo Timbreo en Troya, casado con Antiopa y padre de dos hijos.
El caballo de madera resultó demasiado ancho para pasar por las puertas, e incluso cuando ensancharon la brecha en la muralla se atrancó cuatro veces.
Con enormes esfuerzos los troyanos lo subieron a la ciudadela, pero al menos tomaron la precaución de volver a cerrar la brecha en la muralla. Otra agitada discusión se sucedió cuando Casandra anunció que el caballo contenía hombres armados, y le apoyó el adivino Laocoonte, hijo de Antenor, advirtiendo a los troyanos que no confiasen en los griegos ni aún cuando trajeren regalos. Y dicho eso arrojó su lanza, que se clavó vibrando en el ijar del caballo con hueco sonido e hizo que dentro de él se entrechocaran las armas. Se oyeron gritos de: "¡Quemémoslo! ¡Arrojémoslo por la muralla!" .
Pero los partidarios de Príamo suplicaron que se lo dejara en donde estaba.
La discusión fue interrumpida por la llegada de Sinón, a quien conducían encadenado un par de soldados troyanos. Sometido a interrogatorio declaró que Odiseo trataba de matarlo desde hacía mucho tiempo porque conocía el secreto del asesinato del héroe Palamedes.
Añadió que los griegos estaban sinceramente cansados de la guerra y habrían vuelto a sus casas meses antes, pero el mal tiempo ininterrumpido les había impedido hacerlo. Apolo les había aconsejado que aplacasen a los vientos con sangre, como cuando quedaron demorados en Aulide.
Y continuó narrándoles cómo Odiseo obligó a Calcante a adelantarse y le pidió que nombrara a la víctima, sin embargo él se rehusó a responder inmediatamente y se retiró durante diez días, al cabo de los cuales, sin duda sobornado por Odiseo, entró en la tienda donde se realizaba el consejo y señaló a Sinón.
Pero como comenzase a soplar un viento favorable, sus compañeros se apresuraron a embarcarse y Sinón aprovechó la confusión para escapar.
Esa fue la historia que contó el señuelo. Príamo, engañado, aceptó a Sinón como suplicante y ordenó que le quitaran las cadenas.
Y le pidió amablemente que le hablase del caballo. Sinón explicó que los griegos habían perdido el favor de Atenea, del que dependían, cuando Odiseo y Diomedes robaron el Paladio de su templo.
Tan pronto como lo llevaron a su campamento las llamas envolvieron tres veces la imagen y sus miembros comenzaron a sudar en prueba de la ira de la diosa.
En vista de ello, Calcante aconsejó a Agamenón que se embarcaran para su patria y reunieran una nueva expedición en Grecia bajo mejores auspicios, dejando el caballo como una ofrenda aplacatoria para la diosa. "—Porqué lo ha hecho tan grande?", preguntó Príamo. Sinón, bien aleccionado por Odiseo, contestó: "Para impedir que lo introdujeseis en la ciudad.
Calcante predice que si despreciáis esta imagen sagrada, Atenea os arruinará; pero una vez que esté dentro de Troya podréis reunir a todas las fuerzas de Asia, invadir Grecia y conquistar Micenas".
Laocoonte reaccionó airado y llamó al griego mentiroso. Anteriormente, cuando desembarcaron los aqueos, los troyanos habían asesinado al sacerdote de Neptuno acusándolo de no haber hecho sacrificios satisfactorios al dios.
Ahora, pensando que los griegos quizá tuviesen intenciones pacíficas, ordenaron a Laocoonte que ofreciera un sacrificio en agradecimiento a Neptuno.
Durante la ceremonia salieron del agua dos serpientes que se lanzaron sobre los hijos mellizos del sacerdote, sofocándolos.
En su intento de salvar a las criaturas, Laocoonte fue muerto por los monstruos. Los troyanos vieron en esto un castigo de los dioses
a la impiedad del sacerdote, que había rechazado el ofrecimiento de paz de los griegos, pero en verdad fue Apolo quien envió el castigo, pues Laocoonte se había unido a su esposa en el templo del dios y ante su misma imagen cometiendo sacrilegio.
Las serpientes se deslizaron luego hasta la ciudadela y mientras una se enroscaba en los pies de Atenea, la otra se refugió detrás de su égida.
Este terrible prodigio sirvió para convencer a los troyanos de que Sinón había dicho la verdad.
Príamo dio por supuesto equivocadamente que a Laocoonte se le castigaba por haber herido el caballo con su lanza y no por haber insultado, a Apolo.
Inmediatamente dedicó el caballo a Atenea y aunque los seguidores de Eneas se retiraron alarmados a sus chozas en el monte Ida, casi todos los troyanos de Príamo comenzaron a celebrar la victoria con banquetes y fiestas.
Las mujeres recogieron flores en las orillas del río, adornaron con ellas la crin del caballo y extendieron una alfombra de rosas alrededor de sus cascos.
Entretanto, dentro del vientre del caballo, los griegos temblaban de terror y Epeo lloraba en silencio, en un arrebato de miedo. Solamente Neoptólemo no mostraba emoción alguna, ni siquiera cuando la punta de la lanza de Laocoonte atravesó los tablones cerca de su cabeza.
Una vez tras otra hacía señas a Odiseo para que ordenara el ataque, y asía su lanza y el puño de la espada amenazadoramente.
Pero Odiseo, que tenía el mando, no lo permitía. Por la tarde Helena salió del palacio y dio tres veces la vuelta al caballo, palmeando sus costados, y, como para divertir a Deífobo que la acompañaba, atormentó a los griegos ocultos imitando por turno la voz de cada una de sus esposas.
Menelao y Diomedes, agazapados en el centro del caballo junto a Odiseo, sintieron la tentación de salir cuando oyeron pronunciar su nombre, pero él les contuvo y, al ver que Antielo estaba a punto de contestar, le tapó la boca con la mano y, según dicen algunos, le estranguló.
Esa noche, agotados por los banquetes y las orgías, los troyanos durmieron profundamente y ni siquiera el ladrido de un perro rompía el silencio.
Pero Helena permanecía despierta y una brillante luz redonda ardía sobre su habitación como una señal para los griegos. A la medianoche, poco antes de que apareciera la luna llena, Sinón salió furtivamente de la ciudad para encender un fuego de señal en la tumba de Aquiles, y Antenor blandió una antorcha.
Agamenón contestó a las señales encendiendo astillas de madera de pino en un fanal en la cubierta de su nave, que estaba a unos pocos tiros de flecha de la costa; y toda la flota se acercó a la orilla. Antenor se acercó cautelosamente al caballo e informó en voz baja que todo se hallaba bien, y Odiseo ordenó a Epeo que abriera la puerta.
Equión, hijo de Porteo, fue el primero que salió dando un gran salto, pero cayó y se rompió el cuello; los demás descendieron por la escala de cuerdas de Epeo.
Unos corrieron a abrir las puertas a sus compañeros que habían desembarcado y otros dieron muerte a los centinelas somnolientos que guardaban la ciudadela y el palacio.
Menelao, por su parte, sólo podía pensar en Helena y corrió directamente a su casa.